¿Cuándo dejaste de dibujar?
El gesto espontáneo de agarrar un lápiz y dibujar es innato en cualquiera de nosotros. Los que han hecho del dibujo su profesión, acostumbran a presentarse desde ese inicio, con un “dibujo desde siempre”, y la pregunta que más hago en mis formaciones es: “¿Cuándo dejaste de dibujar?”. Pues es común que cuando empezamos a interpretar y tomar conciencia de la realidad, nos parezca que dibujar debe estar al servicio de emular lo real y percibido con la máxima precisión, y cambiemos de perspectiva creyendo que el dibujo está mal o bien hecho dependiendo de la capacidad técnica para realizar dibujos figurativos. Perdiendo la motivación por ese juego inicial, espontáneo, donde nada importa más que expresarse y divertirse, sin expectativas por el resultado final. Nos alejamos del proceso de expresión de nuestro imaginario para caer en un juicio coercitivo que va apagando nuestras ganas de dibujar y de seguir expresando el mundo que nos rodea, desde nuestra propia mirada y con nuestros dibujos.
Una vocación entre lápices y tesoros
Yo también, desde que tengo memoria, utilizo el dibujo como una manera más de expresarme, como un estado natural que sigue pareciendo inherente a mí, nace, sin más. De pequeña ya explicaba cosas dibujando. Quizás porque en mi casa, siendo hija de dibujante de cómics, estuve siempre rodeada de lápices, colores, libros ilustrados y otros tesoros que hacían volar mi imaginación. Así, la vocación por narrar mediante imágenes es bien temprana y me ha llevado a explorar, por encima de otros formatos, el álbum ilustrado como medio ideal de contar historias.
El álbum ilustrado: un universo por descubrir
Habrían de pasar bastantes años hasta que intentara hacer de ese lenguaje practicado desde la infancia y esa necesidad de narrar en imágenes, mi profesión. Todo oficio requiere de aprendizaje, y durante ese proceso he debido afrontar muchos retos y entender y conocer el formato álbum en profundidad. Descubrir su carácter multimodal, esto es, un formato donde todo comunica, desde su soporte material, su forma y dimensiones, el texto escrito (o narración implícita), las imágenes, los para textos en guardas y cubiertas… Entender también el funcionamiento de las dobles páginas como su espacio semántico, y las posibilidades que se despliegan para utilizar todos esos parámetros en la dimensión narrativa de una historia.
He descubierto, en definitiva, un formato que, si bien aparentemente sencillo, es en realidad complejo pero apasionante. El álbum ilustrado, por su diversidad de propuestas y la libertad creativa para entrelazar texto e imágenes, en una veintena de páginas como máximo, tiene características comunes con otros lenguajes visuales como el cine, el teatro y hasta la música, por la importancia del ritmo en que se narra y su carácter de oralidad, acostumbrándose a leer en voz alta.
Una invitación a crear sin juicios
Desde el programa de álbum ilustrado del máster, me gustaría transmitir esta pasión por el álbum ilustrado, dando a conocer todas sus particularidades y, ante todo, sus infinitas posibilidades narrativas. Pero me gustaría también que se entendiera el proceso de creación de este formato como algo que puede conectarnos con nuestra propia mirada y universo personal para disfrutar con ello, conectando con esa espontaneidad expresiva que todos guardamos más o menos escondida y que se aleja de juicios que nos bloquean a la hora de querer expresarnos, de querer contarnos.