El espacio como campo relacional
Partamos de la reflexión que el artista danés Olafur Eliasson deja en su ensayo Encuentros de fricción recogido en el libro Leer es respirar, es devenir: escritos de Olafur Eliasson, acerca de la relación que puede establecerse con los objetos, en sí mismos inestables, y de su capacidad para plantear futuros, que define de la siguiente manera: “Los objetos […] insisten en nuestro compromiso y, estratificados en una compleja red de relaciones con otros objetos, personas y entornos, ellos (con nosotros) pueden cambiar el mundo”.
Una noción amplia del término “objeto”, permitiría aplicar esta misma reflexión a la idea de espacio. Más que definirlo como un elemento finalizado, pensar en él como algo sujeto a las materialidades que lo componen, a las agencias que conviven en él, y a un carácter flexible y fluctuante, le otorga a este concepto de “espacio” la capacidad de articular interacciones cambiantes y transitorias, dotándolo así de la cualidad de ser una “plataforma para” el devenir de estos vínculos.
Cuerpos, agencia y procesos de configuración
Es entonces, asumiendo esta perspectiva, que uno puede empezar a fijarse en la sincronía que existe entre las distintas agencias que aparecen y, consecuentemente, configuran un espacio puesto que afectan y son afectadas por igual. Detenerse en esta confluencia entre dos cuerpos, ya sea sujeto-sujeto o sujeto-entorno, permite atender también a todas aquellas relaciones entre aspectos inmateriales y aparentemente imperceptibles que se establecen en un escenario en el que usos, relaciones y contextos se reformulan constantemente, y así comprenderlas también como parte configurativa del espacio, lo que nos acerca a una propiocepción que responde a un aspecto intangible.
Se trata, por tanto, de entender el espacio de una manera similar a la definición de “hibridez” en la obra de arte que propone Graham Harman en el libro Arte y Objetos, donde sostiene que una obra no se completa sin una interacción entre obra y espectador. Esto puede trasladarse en cierto modo a las relaciones que pueden provocar los espacios. Su indefinición permite entenderlos como un sistema experimental, una fuente de experiencias impredecibles, que establece un compromiso con el usuario, que se convierte en co-creador de éste, definiendo algo parecido a un sentido performático o una significación etérea.
Dimensión no utilitaria y procesos de resignificación
Si bien es cierto que el papel que juega el entorno en el devenir de una interacción entre cuerpos puede quedar inadvertido, y más aún si lo analizamos desde un prisma utilitarista, tal y como afirma el autor Nuccio Ordine en el manifiesto La utilidad de lo inútil: “en los pliegos de las actividades consideradas superfluas, en efecto, podemos percibir los estímulos para pensar un mundo mejor”.
Una vez más, si aplicamos esta reflexión desde la perspectiva espacial, se abre un imaginario donde el espacio no es valorado únicamente por su finalidad pragmática o su rendimiento tangible, sino que su significado puede reformularse de forma interrelacionada a las interacciones que suceden en él, resignificando así el papel que desempeña en las interacciones multi-agenciales.
El diseño de espacios culturales para los mundos futuros
La definición de estas nuevas relaciones, sucesivamente reestablecidas dentro del espacio, se convierte en una circunstancia donde se comparten recursos y conocimientos, y hace que el espacio cultural deje de ser entendido únicamente como un “contexto” y pueda pasar a reconocerse como un agente activo con capacidad para articular dichas interacciones. Es decir, el entorno forma parte activa del proceso de significación de estas relaciones.
Esta capacidad de formar significado, hace que el diseño de estos espacios pueda desempeñar un papel fundamental para tejer sociedades más sensibles al entorno, basando el proceso creativo en nuevas formas de relación e inquietudes latentes que dotan a esta disciplina de la capacidad transformadora que puede tener para plantear los mundos futuros.