«¡Si esto lo sacas en un momento!»
¿Por qué nunca se han entendido? ¿Por qué los arquitectos, abogados o médicos cobran honorarios y nadie los cuestiona?
Recuerdo una anécdota con un cliente muy querido que solía decirnos:
«¡Venga, Patricia, si esto en un momento te sientas en la mesa y lo sacas!»
No. No es así. Todo requiere de su tiempo. Todo proyecto de diseño conlleva un proceso que requiere análisis, reflexión, razonamiento, pruebas y desarrollo. No es un acto puntual: el buen diseño rara vez es la primera idea que surge.
El error de calcular por metros cuadrados
Los honorarios han sido siempre el caballo de batalla con el que topábamos —y seguimos topando—. Existen múltiples maneras de calcularlos, y cada interiorista acaba desarrollando su propia metodología. En nuestro caso, pronto entendimos que no podían establecerse por metros cuadrados, ya que proyectos pequeños, como determinadas tiendas, podían requerir un tiempo igual o incluso superior al de proyectos de mayor escala, aunque con menor nivel de detalle.
Un sistema de control riguroso
Para cada encargo era imprescindible definir con claridad el tiempo necesario para su desarrollo. Para ello resultaba fundamental conocer cuánto se había invertido en proyectos anteriores de características similares. Nuestra organización se basó en un sistema de control riguroso: diariamente se registraban las horas dedicadas a cada proyecto y se especificaba la fase concreta del trabajo —propuesta, anteproyecto, proyecto u obra—, lo que nos permitía analizar con precisión en qué se empleaba el tiempo.
Cada proyecto tenía asignado un número de expediente en el que también figuraba el año. Estas pequeñas decisiones resultaron clave para nuestro funcionamiento y, a día de hoy, seguimos utilizando este mismo método.
De gasto a inversión
Aún hoy el cobro de honorarios continúa siendo complejo, pero progresivamente el cliente se va acostumbrando a entender que nuestro trabajo tiene un gran valor. Cuando el trabajo está bien ejecutado, acaba entendiéndose no como un gasto, sino como una inversión.
Actualmente, seguimos utilizando este método, aunque, tras muchos años de ejercicio profesional, la experiencia nos permite ajustar con mayor precisión la valoración de los honorarios. Existen tipologías de proyectos que se repiten y cuyo alcance es comparable, lo que facilita prever si los honorarios asignados cubrirán los costes reales del proyecto —tiempo invertido, recursos humanos y gastos asociados— o si, por el contrario, resultarán insuficientes.
Un oficio duro y exigente
Espero que mi experiencia de más de treinta años sirva, aunque sea mínimamente. Tengo muy claro que, además de hacer bien nuestro trabajo, debemos aprender a valorarlo. Porque lo que desde fuera parece solo “bonito y creativo” es, en realidad, un oficio duro, exigente y con una competencia cada vez más sólida y de alto nivel.