Asociación de colores para cada categoría de producto
A pesar de la gran diversidad entre marcas de alimentación, hay un uso sorprendentemente coherente del color dentro de cada categoría de producto. Esto no es casualidad: es el resultado de lo que se conoce como correspondencia crossmodal. Este término se refiere a cómo nuestro cerebro asocia estímulos sensoriales entre sí: colores con sabores, texturas con sonidos, etc. En términos sencillos, esperamos que un envase rojo contenga algo intenso o picante, que el verde sugiera frescura y que el azul evoque frialdad o limpieza. Estas expectativas se adquieren con el tiempo, moldeadas por normas culturales y experiencias repetidas.
La correspondencia crossmodal no es innata desde el punto de vista biológico, pero se convierte en una segunda naturaleza por exposición continua. Al ver un envase de cierto color, o al entrar en una zona de restauración bien diseñada, nuestro cerebro empieza a interpretar. El rojo comunica hamburguesas, pizzas y alimentos de sabor intenso. El verde sugiere opciones vegetarianas, menús detox o ensaladas. Lo mismo ocurre en el lineal del supermercado: sin leer una etiqueta, ya intuimos a qué categoría pertenece el producto por su código de color.
Color → Asociación Crossmodal
Rojo → Apetito, sabor intenso
Verde → Salud, frescura, ecológico, orgánico
Azul → Frialdad, congelado
Negro/Dorado → Premium, lujo, intensidad
Blanco → Simplicidad, pureza
Naranja/Amarillo → Calidez, cítrico, apetecible para picoteo
Ejemplos sistema de colores
Veamos algunos ejemplos que ilustran cómo funciona este sistema.
Sabores intensos: el poder del rojo
El rojo es el color del apetito, la urgencia y la intensidad de sabor. No sorprende que gigantes del fast food y marcas de snacks recurran a él en su identidad visual. Vapiano, Telepizza, VICIO, Pringles y McDonald’s utilizan la misma paleta, pero cada uno ofrece una experiencia de marca distinta. Se mueven en el mismo espectro cromático, diferenciándose a través de la tipografía, los iconos y el tono de comunicación.
Un caso especialmente interesante es el de Impossible Foods. Su rediseño visual adoptó este mismo territorio cromático, pero aplicado a productos vegetales como hamburguesas o albóndigas. El color no solo comunica sabor intenso, sino que invita al consumidor carnívoro a un terreno familiar, haciendo que la propuesta vegetal resulte menos ajena y más apetecible. Es una estrategia de color que “toma prestadas” las expectativas de una categoría adyacente para redefinir percepciones.
La frescura del verde
El verde representa salud, naturaleza y sostenibilidad. Marcas como Go Natural refuerzan esta asociación integrando texturas naturales en sus espacios físicos, no solo respetando el código cromático sino trasladándolo al entorno de marca. En supermercados, la línea So Organic de Sainsbury’s es inconfundiblemente verde, transmitiendo calidad ecológica incluso antes de leer la etiqueta.
Schar, marca especializada en productos sin gluten, adopta un enfoque más sutil. Aunque su color principal es el amarillo (para facilitar la diferenciación y accesibilidad), introduce elementos verdes para atraer al público que busca opciones bio. Este equilibrio entre mantener la identidad de marca y respetar los códigos de categoría es un ejemplo manual de uso estratégico del color.
Amarillo y naranja: la zona del picoteo
En el pasillo de los snacks salados, el amarillo y el naranja dominan. Son colores que transmiten energía, diversión y capricho. Cheetos, Tyrrells y Lay’s compiten en este espacio. El resultado es un paisaje visual saturado, pero también un código inmediato que el consumidor reconoce al instante. Cuando alguien busca patatas fritas, sus ojos buscan esta gama cromática; cualquier envase que se aleje puede ser descartado por “no parecer lo auténtico”.
Aquí es donde la estrategia de marca debe ir con cuidado. Como creativos, estamos entrenados para buscar la diferenciación. Pero en algunas categorías, romper el código puede volverse en contra. Un bote de salsa picante en un envase azul pastel puede generar confusión o incluso rechazo. Nuestro cerebro detecta una incongruencia: lo picante debería verse rojo, no frío ni clínico.
¿Cuándo romper las reglas?
Dicho esto, algunas marcas logran romper los códigos cromáticos con éxito, y lo convierten en parte de su identidad. La clave está en que esa disrupción sea intencionada y justificable. No se trata de llamar la atención por sí sola, sino de construir una narrativa coherente desde lo inesperado.
Defender una estrategia de color
El color es personal – cada uno tiene su preferido – pero eso no significa que sea una base fiable para tomar decisiones estratégicas. Cuando alguien dice “yo prefiero el amarillo, ¿por qué no probamos con eso?”, el papel del diseñador es fundamentar las decisiones con argumentos sólidos. El color no debe definirse por gustos individuales, sino por expectativas, percepciones y códigos culturales.
Las decisiones cromáticas que respetan los códigos de categoría aumentan las probabilidades de reconocimiento, confianza y compra. Funcionan como señales silenciosas que orientan el comportamiento, muchas veces de forma más potente que el texto o las imágenes. Si respetamos estos códigos – y solo los rompemos cuando hay una estrategia clara detrás – ayudamos a que las marcas hablen el lenguaje que su audiencia ya comprende.
Conclusión
En el food branding, el color no es solo un adorno. Es un atajo hacia el sabor, una herramienta de segmentación y un puente entre la identidad visual y la psicología del consumidor. Ya sea en envases, espacios o señalética, las marcas exitosas utilizan el color no solo para destacar, sino para comunicar significado. Como diseñadores y estrategas, debemos conocer estos códigos, usarlos con intención y, cuando sea pertinente, subvertirlos con audacia.