La identidad ya no se construye, se hereda
Una marca es, en esencia, un sistema de significados. Un nombre, unos atributos, un territorio, un tono, unos valores que con el tiempo se asientan en la cabeza del consumidor hasta que el logo, por sí solo, evoca algo. Eso es lo que durante décadas hemos llamado construir marca: un proceso lento, consistente y caro de cargar de sentido un símbolo que nacía vacío.
Mira ahora el sistema de significados de Yuzz. Tiene su territorio (fun skincare), su claim (Here You Glow), su tono, su estética. Sobre el papel, una identidad de marca completa. Pero hazte la pregunta honesta: ¿esos atributos son de Yuzz, o son de María Pombo? Cuidado divertido, autocuidado sin culpa, brillo, cercanía… no son valores que la marca haya construido. Son valores que ya vivían en la persona y que la marca, sencillamente, ha heredado el día uno.
Ahí está el cambio de fondo. La identidad de marca dejó de ser algo que se construye desde cero para convertirse en algo que se hereda de alguien que ya lo tenía hecho. Lo que a una marca le costaría una década de consistencia, aquí se transfiere en una campaña de teaser.
Equity prestado: la transferencia de asociaciones
A esto los que venimos del branding le tenemos nombre, aunque suene raro aplicado a una persona: equity. El brand equity es el valor acumulado de una marca (notoriedad, asociaciones, lealtad, la prima que el consumidor paga solo por el nombre). Y lo que hace una figura como Pombo es aparecer con su equity ya construido y dárselo a un producto que nace sin nada.
Pero el mecanismo concreto que opera aquí es más fino, y es el corazón de todo el fenómeno: la transferencia de asociaciones. Todo lo que la audiencia siente por la persona (autenticidad, aspiración, confianza, el «esta es de las mías») se traspasa al producto por simple contigüidad. No es que Pombo anuncie Yuzz. Es que el significado de Pombo se derrama sobre Yuzz hasta volverse indistinguible.
Y aquí conviene marcar la diferencia con el famoso de toda la vida, porque no es lo mismo. La actriz que anunciaba un perfume prestaba su rostro treinta segundos: una asociación superficial, de imagen, y nadie creía de verdad que usara esa colonia. El creador de hoy ha enseñado su casa, su pareja, sus opiniones y sus malos días durante años. Las asociaciones que transfiere no son de imagen, son de identidad percibida. Por eso cuando saca un producto no lo lees como publicidad, lo lees como una extensión coherente de alguien a quien sientes que conoces. La marca no toma prestado un rostro: toma prestada una personalidad entera.
De modo que la marca personal de Pombo no es un soporte publicitario, es un activo de marca. Y Mahou no contrata ese activo, lo integra en la identidad del producto. La diferencia parece sutil pero es estructural: en el modelo viejo, si el prescriptor se va, la marca conserva su significado. En el nuevo, si la persona se va, la marca se queda sin identidad, porque su identidad era ella.
Un problema de arquitectura, no de campaña
Y aquí es donde, como gente de marca, deberíamos encender una luz. Porque lo que parece una jugada brillante de notoriedad es, en realidad, una decisión de arquitectura de marca con consecuencias a largo plazo.
¿Qué es Yuzz, exactamente, en términos de arquitectura? No es del todo una marca independiente, porque su significado depende de una persona externa. No es un simple endoso, porque la persona ha modelado el producto entero. Es algo híbrido: una marca cuya identidad está apalancada sobre una marca personal que no le pertenece y que no controla. Y todo apalancamiento es, por definición, frágil.
Una marca bien construida es un activo que se posee. Una identidad prestada es un activo que se alquila. Y la pregunta de branding (la de verdad, la que va más allá del próximo trimestre de ventas) es si estamos construyendo marcas o si estamos amueblando marcas con muebles de otro.
La pregunta que dejo abierta
No tengo claro que esto sea bueno o malo, y sospecho que esa ambigüedad es precisamente lo interesante. Sí tengo un par de dudas que me gustaría dejar sobre la mesa:
- Una. Si la identidad de la marca vive en una persona, ¿estamos construyendo marcas más fuertes o más frágiles? Una identidad prestada acelera el arranque, pero hipoteca el futuro: el día que la persona deje de encajar con el producto (o sencillamente deje de interesar) la marca no pierde un prescriptor, pierde su significado. ¿Y qué es una marca sin significado propio?
- Dos. ¿Qué pasa cuando todas las marcas hereden su identidad de alguien? Si la transferencia de asociaciones se generaliza, deja de funcionar: cuando cada producto venga firmado por su creador, el consumidor desarrollará la misma ceguera que ya tiene con la publicidad clásica. Y volveremos al punto de partida, al trabajo lento y poco glamuroso de construir un significado que se sostenga solo.
Quizá la pregunta del titular esté mal formulada. Quizá las marcas no han dejado de construir marcas para construir personas. Quizá han descubierto que la persona es el sistema de identidad más rápido que existe: una marca llave en mano, con su significado ya cargado. El problema es que las marcas llave en mano vienen con una cláusula en letra pequeña (no eres el dueño de las llaves). Y está por ver cuánto aguanta una identidad que vive en casa ajena.